lunes, 21 de agosto de 2017

LA MADRE DE SATÁN


Es un milagro que en 13 años no se hayan producido atentados islamistas en España, porque intentos desde luego ha habido, pero las fuerzas de seguridad han sido muy eficientes: unos 650 detenidos y 172 operaciones. Y podría haber sido mucho peor, porque la célula ripollesa dirigida por el imam salafista Essati quería hacer explotar tres furgonetas con 106 bombonas de butano y “la madre de Satán”, un explosivo muy querido por el EI, para atacar la Sagrada Familia, pero la torpeza de los terroristas generó la explosión de Alcanar y el lanzamiento horas después de un rebajado plan B. Por tanto, hemos esquivado la catástrofe absoluta por dicha impericia yihadista, no por unos apresuradamente canonizados Mossos d’Esquadra cuya labor, salvo la actuación individual del ex-legionario que se cargó a cuatro terroristas en Cambrils, deja serias dudas: el chalet okupado de Alcanar no detectado; la explosión que no relacionaron con terrorismo ni informaron a Guardia Civil o Policía Nacional; el caso de los bolardos que, junto a Colau, se negaron a instalar, pero que funcionan en Europa tras el atentado de Berlín; sigue libre el asesino de los 13 viandantes en las Ramblas, y casi seguro del conductor acuchillado, que escapó fácilmente del escenario del crimen y burló la Operación Jaula; o las declaraciones de Trapero, jefe del cuerpo, afirmando dos horas antes de Cambrils que no se esperaban más ataques. Su tarea no es nada fácil, pero hay que ser rigurosos y no seguir la estela embaucadora del Procés.
Mecidos en nuestra confortable pero crispada burbuja, sacudidadas como las del jueves en Barcelona y Cambrils ponen las cosas en su lugar. O deberían hacerlo, porque ya vemos con el paso de los días que no es así, sobre todo en el manicomio de las redes sociales. La ventaja es que, cual espejo diáfano, cada cual va quedando retratado en sus sesgos y demencias, que se ven incluso agravadas tras los asesinatos. Algunos no sólo no regresan al fiable suelo, sino que hinchan más su alucinación.
Sin olvidarnos de la absurda polémica sobre si procede mostrar imágenes duras de los hechos. Para mí, sin ser periodista stricto sensu, prima siempre el derecho a la información de sucesos tan relevantes como éste. Con evidentes cautelas, sin duda, pero no le veo sentido alguno a pedir que se oculten a todos esas imágenes que han molestado a ciertas almas bellas. Como en todo derecho, el que no quiera participar que retire la vista un instante. Pero sin exigir a los demás coincidencia de criterio en algo que es información pública y que afecta tanto a nuestras vidas, nos guste o no. Lo que existe, debe quedar consignado.

(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

viernes, 18 de agosto de 2017

FUERA DEL ESPACIO-TIEMPO


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Cada verano regreso a los no-lugares de Marc Augé, el pensador francés. Sobre todo en agosto, el único mes del calendario que no existe más que como magma incoherente de instantes que nos mecen en el Limbo y cuya única finalidad sustancial consiste en desembarcarnos encima de septiembre. Agosto no existe, es un cúmulo de jornadas espectrales donde brotan y se refuerzan los no-lugares, esos espacios de tránsito sin alma ni identidad como son los hoteles, los aeropuertos, las estaciones de servicio o la sede del PSIB. En estos reductos del anonimato y la incertidumbre la vida queda en vilo, supuestamente sublimada por la obligación de lo hedonista pero en realidad disuelta hasta el tuétano. La diversión exigida de los veranos no tiene otro fin que quemar el tiempo, no reconocer que la cronología permanece suspendida, para regresar así a la responsable conciencia temporal y laboral que fija septiembre, el mes del despertar.
Descarrilado de la estable continuidad anual, cada cual se sostiene sobre sí mismo en una movilidad frenética que carece de brújula. Cada átomo del grupo se libera para hacer lo que desee… pero lo que hace realmente es sumarse a las dinámicas más tribales. El fuego de agosto disuelve todas las coordenadas, incluso multiplicando no-lugares, como aquel infinito deambular de atasco en atasco o de camino en camino que según algunos conduce a playas redentoras. A esta deslocalización basada en la provisionalidad el verano tórrido añade desconciertos y en ocasiones un horror superior. Y es que los atascos son una variable no contemplada por Augé, que yo sepa, en la lista de no-lugares, porque en esos casos uno se convierte en cautivo del asfalto, secuestrado por la contingencia del momento. Atados al propio automóvil, apenas avanzamos, pero no quedamos tan detenidos como para salir un rato a estirar las piernas y departir con los compañeros de reclusión. Esta permanencia exagerada en los no-lugares se ahonda en los retrasos que padecen los aeropuertos fruto de la masificación o de las huelgas, como la de Barcelona estos días. El consuelo del momento inusual se convierte en tortuosa convivencia en lo indiferenciado, en amenaza de arraigo en el desarraigo. Salvo en esa película de Spielberg, se acaba saliendo del trance, pero con el rostro desencajado del que ha escrutado los abisales ojos de la Nada.
Pero no nos engañemos: la diferencia entre lugares fetén y no-lugares es sólo fenoménica. Como decía Heidegger sobre el nihilismo impropio y el propio, todo es nihilismo, sólo que en un caso se es consciente de ello y en el otro se vive en la ingenuidad de la pureza. Todo son no-lugares, especialmente aquellos andurriales alienantes que algunos consideran hiperauténticos.

lunes, 14 de agosto de 2017

SOKOLOV EN LA GRANJA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Tampoco en agosto somos capaces de dejar la trinchera en barbecho. Desde las hamacas o en pleno chapuzón tenemos la portentosa habilidad de seguir aportando nuestro granito de arena al guerracivilismo ambiental. Aunque cabe reconocer que se trata de una marcialidad que se inocula básicamente desde los medios y las redes, siendo la realidad callejera más reflejo que causa, porque Arran es exactamente el equivalente a Hazte Oír en el otro extremo: su grado de representatividad es mínimo (Arsuaga sólo reunió en Palma a 15 fieles), pero su capacidad de exposición es mayúscula. Habría que comenzar a pensar si este espíritu de trinchera que en redes y medios promueve una polarización extrema de la sociedad acontece por mala fe (demonizar al rival ideológico exhibiendo a falaciosos hombres de paja para fingir que toda la derecha es de Hazte Oír o que todos los críticos con los efectos del turismo son unos hooligans como la chavalada de Arran) o por automatismo incompetente (regalar portadas al que más berrea).
Sin embargo, aún quedan algunos antídotos contra esta jibarización de lo real, esta reducción a estériles dualidades maniqueas: la sutileza, el talento, la delicadeza de Grigory Sokolov, el mejor pianista desde Sviatoslav Richter. Un monje benedictino que parece vivir consagrado a masajear el piano, nada más y nada menos, y que el pasado jueves visitó nuestra granja psicótica para regalarnos una estela de deleites inagotables. Pero entonces su parusía topó con nuestro modus operandi: Sokolov y Maisky (acompañado del pianista Volodin, en Bellver) en la misma ciudad, la misma noche y hora. Y Auserón en Porreres. O todo o nada.
Ni ante un inmenso Sokolov desgranando las notas del Valhalla pudo uno olvidarse de la misantropía. Si ya el concierto se retrasó un cuarto de hora, responsabilidad principal de los asistentes más autóctonos, luego el comportamiento de los presentes no siguió el cacareado patrón de virtud indígena y barbarie foránea, bien al contrario: los guiris presentes en general respetaban bastante las formas, no así muchos rústicos con DNI. Si algunos aplaudían como boixos nois para que empezara ya el concierto, otros jugueteaban con un móvil que se les caía aparatosamente, toses fuera de lugar, ruido de bolsas. Como para muchos de ellos lo primordial esa noche era no perderse la cena, docenas de bípedos desfilaron a las 23 horas cuando acabó el repertorio oficial de Mozart y Beethoven, otros abandonaron la sala al segundo o tercer bis (fueron seis los obsequios del petersburgués), y demasiados de los que se quedaron hasta el final lamentaban con bufidos que ese genio se empecinara en seguir regalando prodigios, gruñendo compungidos desde sus asientos: “Una altra més? Buff, avui no soparem, al·lots!”.

viernes, 11 de agosto de 2017

SERENDIPIAS AZTECAS


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Si Colón descubrió América buscando las Indias, ahora construyendo un museo del chocolate en Ciudad de México hemos dado con la gran torre de cráneos de Tenochtitlán, la mítica Gran Tzompantli del Templo Mayor, escenario truculento por antonomasia que muchos deseaban resguardar sólo en la perversa imaginación autojustificatoria de los conquistadores. Pero el descubrimiento es decisivo por lo que tiene de validación de los cuestionados testimonios de Bernardino de Sahagún, Andrés de Tapia, López de Gómara, Díaz del Castillo, José de Acosta o el mismo Hernán Cortés.
El Gran Tzompantli era una empalizada de 60 metros de diámetro hecha de postes y varas de madera con base de cal y piedra, aliñada con una plétora de cabezas empaladas recién cortadas, en la que Tapia dio cuenta de decenas de miles de cráneos con una exactitud ahora certificada. Las torres de cráneos (unas siete) tenían la finalidad, además de lo puramente ritual, de intimidar a los enemigos que se atrevieran a acercarse al núcleo del imperio. Muchos investigadores han tratado de salvar de alguna manera la cara a los aztecas asegurando que esos miles de cráneos hallados pertenecerían en exclusiva a guerreros, pero ahora sabemos que un 30 % proceden de mujeres y niños.
El mito del “buen salvaje” hizo estragos incluso en Montaigne, que transfiguró a los caníbales tupinamba en ingenuos boy scouts, y el partido contra la “leyenda negra” española ha ido viento en popa. Sin que nos demos cuenta, sigue vivo el etnocentrismo en Occidente, aunque en su forma más compleja: manteniendo la diferencia esencialista entre nosotros y ellos, simplemente se ha desplazado el peso de la culpabilidad de los precolombinos a los europeos. El error permanece porque la ideología nunca es universalista sino parcial, ya sea para presentarnos como los más sublimes o como los más perversos.
El filósofo franco-búlgaro Tzvetan Todorov, recientemente fallecido, escribió un libro fascinante, La conquista de América. El problema del otro (1982), sobre la odisea histórica del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. Analizó ahí los pormenores del enfrentamiento con el otro, un choque abismal de culturas, “el encuentro más asombroso de nuestra historia”. Partiendo del principio de que se descubrió un continente que ni se sabía que existía, no se contaba con información de lo que iban a encontrarse los españoles, así que la sorpresa fue absoluta. También por parte de los conquistados, claro. Aunque caiga en cierto buenismo indigenista, Todorov analiza con brillantez la semiótica pura del contacto, los signos del acercamiento de uno y otro, y los dilemas éticos que esa coexistencia implicó. La alteridad humana a la vez se muestra pero también se niega en un proceso dificultoso que va advirtiendo sus múltiples gradaciones.

lunes, 7 de agosto de 2017

EL SÍNDROME DE ORMUZ


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

La historia la narró José Antonio Lisbona en su interesantísimo España-Israel. Historia de unas relaciones secretas. Corría enero de 1980, y Adolfo Suárez confiaba haber descubierto nada menos que la piedra filosofal, “el nudo gordiano del problema del equilibrio político mundial”. Primero fascinó al canciller Helmut Schmidt, que tras el shock le preparó una reunión con el presidente Jimmy Carter en la Casa Blanca. Los americanos estaban alucinados: ¿Será posible que ese hombrecillo, presidente de un país tan subdesarrollado como era España hace 37 años, haya descubierto lo que al resto se nos lleva escapando durante décadas?
El encuentro se produjo en pocos días, con Brzezinski, el asesor de seguridad de Carter fallecido el pasado mayo, escuchando con suma atención. Al final, claro, la tesis de Suárez, inspirado por Alberto Aza y sobre todo por Pedro López Aguirrebengoa, era una absoluta nimiedad: además de exigir un mayor reconocimiento para Arafat y la OLP (recordemos la tradicional amistad franquista con los países árabes por la que no reconocimos a Israel hasta 1986), contaba con que desbloqueando el “cuello de botella” del estrecho de Ormuz para la salida del petróleo el problema Palestino se iría diluyendo, ergo la estabilidad mundial mejoraría.
El presidente Suárez, capaz de dar nombre no ya a una sino a ¡dos bibliotecas! (Ceuta y Cádiz) cuando reconocía no haber leído un libro entero en su vida, además de confundir a Australia con el Tercer Mundo, certificó con este episodio el llamado ‘síndrome de Ormuz’, o de cómo desde la ignorancia más alocadamente fatua uno cree haber dado con una clave universal oculta al resto. El tan castizo ‘esto lo arreglo yo en un momento’ por el que Enric González afirmó en este periódico que “somos un pueblo que pasa página antes de leerla, y luego se inventa el texto”.
Si de un ámbito se ha adueñado este síndrome de solemnidades bobas es de las redes sociales. Ejemplos hay tantos como neutrinos existen en el universo. El problema es que todo esto no permanece reducido a las cloacas de Twitter y Facebook, sino que ha alcanzado a las altas instancias políticas, repletas de iluminados inoperantes que se parecen más bien a Mr Chance, y también al Nazarín de Buñuel que destrozaba todo lo que tocaba. Elijan ustedes la alhaja ormucista que prefieran: la “ley Frankenstein” de Biel Barceló; las ocurrencias de Miquel Ensenyat como recuperar la gestión de la ITV o un túnel de Sóller que en tres semanas propiciará un colapso tan descomunal que ríanse ustedes del agobio en las playas o los atascos del FAN Mallorca; la histeria del panga y de las antenas de telefonía; la renuncia a las vacunas, etc.

viernes, 4 de agosto de 2017

TODO VALE, NADA IMPORTA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Recordaba Kafka, citando el Talmud, que el hombre, como las aceitunas, da lo mejor de sí mismo sólo cuando es triturado. Dada nuestra condición sentimental, los hechos se miden a partir del drama que les rodea. Si uno está en sus últimos días de vida, cada detalle se convierte en un hallazgo apabullante. Yo aún no me he muerto, aunque estuve muy a punto de hacerlo hace 17 años, y sé de qué hablo. Pero la ligereza de vivir en una burbuja anodina hace que seamos cautivos de la emotividad cruda y la propaganda, no sólo la comercial sino también la política.
Como dice Philip Roth, comparando el Occidente democrático con la Checoslovaquia comunista en los años 80, para nosotros todo vale pero nada importa. Al contrario que para esos checos sometidos a un sistema en el que nada valía pero todo cobraba una importancia dramática: cada acto era decisivo. Por eso, cuando ya nada parece importar en nuestras burbujas vitales, sumidas en un aturdimiento que inocula antagonismos, nos las arreglamos para ponerlo todo frívolamente boca abajo y patrocinar una Tercera Guerra Mundial. Nos excita más un incendio que una orgía. Desde hace un siglo vivimos abonados a la hipótesis apocalíptica, a la jeremiada de acercarnos a un inminente desastre, un colapso definitivo, una degeneración terminal. Habrá que pensar algún día que, más que intuirlo, lo deseamos con locura, como ninguna otra cosa codicia nuestro aburrimiento anémico. Pero, como señalaba Saul Bellow, la verdad no tiene por qué ser necesariamente hostil al hombre. Alguna incluso podría ponerse de parte de la vida, como sucede desde hace millones de años.
Incapaces de imprimir intensidad a lo cotidiano, requerimos de escenarios grandilocuentes y virulentos para volver a sentirnos vivos. Parafraseando a Alvy Singer, se trataría de escapar a lo miserable consagrándonos a lo horrible, o de caer en la catástrofe huyendo de la tragedia de la incertidumbre y el desarraigo. De ahí viene todo, como decía Pascal: no saber estar tranquilos y en soledad en una habitación (¡sin wifi!). La creencia impetuosa debe venir de fuera porque por uno mismo ni nos levantaríamos de la cama. Frivolizamos a la par que sobreactuamos bajo el peso de una emotividad que, al perder el sentido de lo real, tiende a la bipolaridad y al cisma gratuito, como si quisiéramos vivir en la Praga de la que hablaba Roth, con el superficial cambio de ideología correspondiente. Y digo superficial porque lo esencial no tiene que ver con el credo que permite legitimar el cimiento dogmático. Al margen de las ideas, persistiría idéntica exclusión de la diferencia, la verdad entendida como certeza, la tendencia a la unanimidad. Un deseo de cadenas.

lunes, 31 de julio de 2017

GOVERN FRANKENSTEIN


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Mi muro de Facebook es bastante transversal, y pocas veces se alcanza un consenso como el de estas semanas: Palma está llena de mierda. Pero no se alteren, podemos dormir tranquilos: ¡Cort declaró a Trump persona non grata! Todo el proceder político gubernamental sigue esta pauta inefable, como la Ley Turística, que nació ya como un aborto legal. Es el protocolo mortuorio de este Club de la Conga que, en los ratos libres de tanto selfie propagandístico y expedientes mordaza, se dedica a jugar a la política con un impagable talento meningítico. Ahí está el caos del turismo vacacional, la confusión del Trenc con Kenia o la moratoria de grandes espacios comerciales que acaban de tumbar los jueces, esos extraños seres que parecen molestar tanto a nuestros líderes. Sin ir más lejos, véase el asunto del no-monolito de sa Feixina o mi multa de 3.000 euros, que será decidida lejos de las neutrales y garantistas manos de esos togados que huelen a sospecha, ¿o es que alguien los ha visto jalear al Pacte, eh?
Hay que entretener al millón de rehenes-contribuyentes del Govern. Ahora que la diputada Seijas ya no puede pernoctar en el Parlament y que al podemita Aguilera le han restringido emular a los clubbers de Pachá desde la tribuna de las Cariátides, toca ‘poner en valor’ (no ahorremos clichés cuando hablamos de nuestros gobernantes) una perspicacia para legislar que haría las delicias del mítico capitán Schettino, el del crucero naufragado Costa Concordia.
El jueves me acerqué al gubernativo territorio Frankenstein para discrepar del modus operandi de este “miniestado” bananero consagrado a extirpar la libertad de expresión y suplantar a los jueces. Tocaba entregar mis alegaciones en la sede de la Conselleria de Presidència, la que me ha abierto el expediente inquisitorial. Poco habituado a frecuentar tales aposentos, me equivoqué de recinto y llegué primero al Consolat de Mar, donde esperé para registrar la escena a Jordi Avellà, fotógrafo de este periódico y persona mucho más sensata que quien esto escribe.
Ante mi idea de aparecer junto a los dos históricos cañones de la entrada, Jordi desaconsejó mi ocurrencia, no fuera que se nos acusara de falocentrismo. ¡Dios mío, apología de la falocracia heteropatriarcal en los mismísimos dominios de Francina von Fronkonstin! Tampoco era cuestión de que se tomara la socarrona estampa como profanación de un BIC o, peor aún, una declaración de guerra simulando bombardear la sede de este Govern tan ocurrente como susceptible. Mi autocensura icónica no es gratuita, pues estamos hablando de unos gobernantes que han convertido una evidente ironía mía en toda una acusación de prevaricación al concejal de Movilidad. Poca broma con la Cofradía Literalista Autoritaria.

lunes, 24 de julio de 2017

SEGUNDA EPÍSTOLA DE FRANCINA A LOS BALEARENSES


(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Queridos hermanos, bienaventurados seáis. Os habla Francina, vuestra amada lideresa. He tenido una revelación. El sábado fue el Congressus Maximum de mi iglesia, los Apóstoles del Noísmo, y puedo anunciaros urbi et orbi que he salido reforzada en mi liderazgo carismático. Todo fue una plétora de palmas y loas ditirámbicas. He obtenido nada menos que el 98 % de apoyo… contra ningún postulante, y es que hay ocasiones mayestáticas en que sólo se combate contra una misma. Es cierto que cuando tengo rivales de otros credos el castigo es severo, ¿pero no dice nuestro Mesías que “los últimos serán los primeros, sobre todo si son los nuestros” (Pedro 4, 11)? Sin duda nuestro príncipe del aire y rico en misericordia a veces nos confunde, pero siempre nos ilumina, como anteayer: “Fuera de la ley no hay nada, pero con la ley no basta” (Pedro 14, 3). Ciertamente la razón es el pecado original, y por eso el espíritu sopla donde quiere.
Últimamente el prócer local Noguerus, que de carisma va sobrado porque en sus comicios no fue ni siquiera segundo sino tercero, ¡quién pillara tan altas bajas cotas!, está intentando hacerme sombra con sus epístolas de corto alcance. Sed fuertes, no cedáis a sus insidiosos arrumacos. ¿Qué sabrá él de lo que es tocar fondo, como yo en los comicios de 2015, con el peor registro de mi cofradía en 32 años? Tampoco saben nada Jarabus o Barcelonis. No están a mi egregia altura, y por eso serán neutralizados por la eclosión de mi sublime martirologio en 2019.
Debemos trabajar por el bien ciudadano: derribando la Faixina, destruyendo la igualdad fiscal (Régimen Especial) y decidiendo unilateralmente. No os quepa duda de que en el ágora de Balearis tenemos plena parresía, es decir, libertad máxima para expresar lo que se quiera. Eso es así, descuidad, porque ya me encargaré yo de expedientar a quien diga lo contrario.
Alejaos de las asechanzas de Lucifer y los saduceos de Orbis, hijos de la ira. Confiad en las plegarias redentoras de nuestro amado líder: “Las naciones brotarán de vuestra alma como soplo divino” (Pedro 9, 2). Si dejamos que Orbis y su sicofante Horrachus se salgan con la suya, será el llanto y el crujir de dientes, y se abrirán los siete sellos del apocalipsis. Hay que arremangarse en la tarea purificadora que os marco, y si en la defensa de nuestros valores sois tibios, ni fríos ni calientes, os vomitaré de mi boca. Dejaos guiar por mi mano clarividente y así la dicha será eterna y colmará a generación tras generación.
En nombre del Pacte, de la Coherencia y de la Verdadera Siniestra, amén. Podéis ir en paz.

domingo, 23 de julio de 2017

LA SANCIÓN AL CIUDADANO HORRACH



      

JOSU DE MIGUEL BÁRCENA
Profesor de derecho constitucional
Universidad Autónoma de Barcelona


A Juan A. Horrach, columnista de El Mundo edición Baleares, le conocí por casualidad a través de las redes sociales. Desde entonces sigo semanalmente sus disecciones, espacio donde filosofa y aborda de forma incisiva la actualidad política de las Islas. Anda metido ahora en serios problemas por una columna, titulada “Salvadores de almas”, escrita en septiembre del año pasado. En dicha pieza, criticaba la labor política de un concejal socialista de Palma de Mallorca, haciendo unas apreciaciones seguramente innecesarias sobre su sexualidad y un presunto maltrato sufrido en edad escolar.
Así las cosas, al entender que pudo existir una vulneración del derecho al honor y a la intimidad, el regidor recurrió a los tribunales y demandó por lo civil a Horrach exigiéndole una compensación por daños morales de 12.000 €. Se mire por donde se mire, es una suerte que sea un juez quien tenga que decidir si ha habido una extralimitación de la libertad de expresión o del derecho a la información: podrá ponderar con criterio técnico si el afectado es una persona pública, si su conducta previa puede determinar una bajada de las barreras de la privacidad o si se está ante hechos noticiables cuyo uso se justifique por el contexto crítico o mordaz del artículo del demandado.
Sin embargo, como hemos dicho, para Horrach las dificultades no han hecho más que empezar. El motivo es que el Gobierno de Baleares le ha abierto también un expediente administrativo, susceptible de acabar con una sanción de hasta 3.000 €, en aplicación de la Ley autonómica que garantiza los derechos de las personas que integran el colectivo LGTBI. Sorprende que se haya incoado dicho expediente, por dos motivos: el primero, que se considere que las expresiones realizadas tengan carácter discriminador u homófobo, cuando es lo cierto que el propio autor revela la propia crueldad de las prácticas en la infancia, disculpándose por no haber hecho nada por evitarlas. El segundo, porque el poder público debe guiarse por el principio de intervención mínima en materia de derechos fundamentales, más cuando se trata de derechos vinculados con la creación de una opinión pública que sirve a los ciudadanos para ejercer su soberanía.
Así las cosas, una propuesta de sanción administrativa, una posible responsabilidad civil pecuniaria y el estigma añadido de tener un comportamiento homófobo. En la teoría de los derechos fundamentales, suele apuntarse que los poderes públicos deben propiciar un contexto institucional favorable para su ejercicio. Si no es así, se puede crear el “efecto desaliento”. No me cabe duda de que el caso Horrach es un ejemplo palmario de efecto desaliento: columnista incómodo que puede quedar fuera de la circulación como consecuencia de una administración que hace un uso desproporcionado de sus facultades sancionadoras. Pero bien pensado, el problema es anterior a la falta de intervención mínima antes apuntada: tenemos legisladores autonómicos (cuando no ayuntamientos) que regulan y limitan la libertad de expresión, mediante la previsión de ilícitos administrativos a los que casi nadie ha prestado la atención merecida.
Que el art. 81 CE se ha convertido en una especie de antigualla constitucional pocos lo dudan. En él se señala que los derechos fundamentales de la ciudadanía común tienen que ser desarrollados por ley orgánica de las Cortes Generales. Obviando esta regla, y acudiendo al artificio de que las condiciones de ejercicio de los derechos no son lo mismo que los límites, diferentes Comunidades Autónomas han ido legislando, por el clásico efecto emulación, leyes antidiscriminatorias con el propósito constitucional de garantizar los derechos de las personas pertenecientes al colectivo LGTBI. Galicia por ejemplo la tiene, pero no ha previsto un título sancionador. Otras Comunidades, como Cataluña, Madrid, Extremadura, Navarra y obviamente Baleares, prevén leyes que consideran ilícitas las “expresiones vejatorias, de una forma intencionada y por cualquier medio, contra las personas o sus familias, a causa de la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género”. En Valencia y Murcia han ido más lejos, pues el control administrativo de esas expresiones se extiende a “discursos, intervenciones públicas y redes sociales”.
Lo diré lo más claro posible: creo que la administración no debe controlar la libertad de expresión. Tanto si lo permite el legislador autonómico, en el contexto del loable derecho antidiscriminatorio que acabamos de aludir, como si lo hacen las Cortes Generales en su búsqueda de un nuevo concepto de seguridad ciudadana (Ley mordaza). Parece que el Leviatán de proximidad que estamos creando no entiende de ideologías. Mi oposición se apoya en la idea de que como las libertades comunicativas del art. 20 CE garantizan la existencia de una opinión pública libre, condición previa y necesaria para el ejercicio de otros derechos vitales para el funcionamiento de un sistema democrático, aquellas deben contar con un amplio espacio, es decir, un ámbito exento de coacción lo suficientemente generoso como para que pueda desenvolverse sin angosturas, sin timidez y sin temor. No son palabras mías, son palabras del Tribunal Constitucional en su ya lejana sentencia 101/2003.
Es por ello necesario reivindicar que los jueces y tribunales, en virtud del art. 117 CE, sigan manteniendo el monopolio de la resolución de los conflictos que vayan surgiendo alrededor de la libertad de expresión y el derecho a la información. Es cuestión de especialización técnica (¿está preparada la administración para ponderar bienes jurídicos en competencia?), de garantías procesales de los afectados y, sobre todo, de independencia. La independencia del que va a decidir si una opinión ha traspasado los límites de lo tolerable, permite asegurar que dicha decisión no tendrá otras motivaciones que las estrictamente jurídicas. Me temo que solo la prudencia constitucional puede evitar una sanción al ciudadano Horrach: porque ni siquiera las buenas intenciones pueden realizarse a expensas de la letra y el espíritu de la Norma Fundamental.

lunes, 17 de julio de 2017

LA LEY DEL EMBUDO


 (disección publicada hoy en El Mundo- El Día de Baleares)

Pocas veces se ha penalizado tanto una nimiedad. Me refiero a las consecuencias que me está acarreando la disección Salvadores de almas, publicada en septiembre: la pérdida de un trabajo, una demanda del concejal Joan Ferrer por 12.000 euros y ahora un expediente del Govern que plantea una multa de 3.000. No sólo es una cacería contra mí sino también un retroceso de la libertad de expresión general.
Tanto la demanda como el expediente se basan en una falacia flagrante: se afirma que yo desvelé algo privado, cuando eso claramente no es así. La fidelidad a los hechos nunca ha sido el fuerte de ninguna secta. La objetividad les repele, porque es un dique a su pulsión supremacista. No sólo me acusan de la supuesta revelación y de homofobia sino también de apología del bullying, e incluso, apoteosis de la embriaguez, transforman una coña ¡en toda una acusación de prevaricación a Ferrer! Si estos sanchistas no saben qué es una nación, ¿cómo van a captar las ironías?
¿Es casualidad que el expediente haya tardado 10 meses en elaborarse y me lo entreguen justo después del Orgullo LGTB? Esto es lo peor: de la forma más lamentable, el PSIB está vampirizando una causa noble para utilizarla como artillería contra sus bestias negras. No creen en nada, sólo en mantenerse en el poder al precio que sea, utilizando todo lo que tengan a mano. A la vista está: se puede pontificar sobre feminismo, censurar el más mínimo gesto supuestamente machista, y luego (Aligi, esto va por ti) bendecir que en una mezquita las mujeres queden relegadas al fondo, lejos de Dios, impuras. Los veréis defendiendo arrebatados la libertad de expresión, apoyando a Valtonyc, reprobando la llamada “ley mordaza”… pero a la vez exigiendo que por algo manipulado me liquiden socialmente. A lo peor el expediente trata de subsanar un problema garantista, ya saben, esos detalles del aguafiestas Estado de Derecho: una demanda la arbitra objetivamente un juez, alguien neutral, que sabe de impartir justicia. Visto así, mejor abrir otra vía, más festivamente arbitraria en la medida que sentencian los mismos políticos, ¡chapeau!, en base a sus sesgos menos confesables.
Porque, en el colmo de la desfachatez, ninguna de estas almas pías ha dicho una palabra sobre un caso muchísimo peor: el de Marisol Ramírez y su diatriba contra un catedrático de la UIB. ¿Qué, cómo, dónde? Nada. Silencio, circulen. Todavía hay clases. ¿Para qué sirven las leyes si no podemos aplicárselas a quien nos salga de la entrepierna? Marisol, puedes ir en paz. Horrach, bonito, ven aquí: ¿Tú sabes lo que es el dolor? Se abre la veda. Todos a cubierto, el Govern ha llegado al pueblo.

lunes, 10 de julio de 2017

CENTINELAS DEL FUEGO


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Los grandes novelistas no sólo retratan su época sino que captan las anunciadoras huellas de incipientes patologías, cartografiando su factible contagio generalizado. Muchas veces se puede entender mejor algo con el talento novelístico que con un ensayo, por aquel retrato vivencial que no pierde necesariamente rigor conceptual. En un mundo en que el nuevo batallón de clérigos de la moral avanza, de forma trágica, a base de vampirizar las causas más nobles, el mundo de habla inglesa nos lleva ventaja, y eso debería permitirnos conocer a tiempo por donde llegan los tiros.
Desgracia del Nobel J.M. Coetzee desplegó ya en 1999 el alcance corrosivo de los pliegues del buenismo. En una simbiosis de pensamiento e historia y con una escritura que es un bisturí de precisión, analiza en la primera parte el arraigado puritanismo que azota las universidades anglosajonas, a través del caso de un profesor de poesía Romántica inglesa en Ciudad del Cabo, David Lurie, que se acuesta con una alumna tras perder de vista a una prostituta árabe a la que frecuentaba tras su segundo divorcio. Estamos en la Sudáfrica post-Apartheid. Su relación con la chica, que es mestiza, genera un escándalo, pero es por un error administrativo relacionado que acaba perdiendo su trabajo. En gran parte es derrotado por la hybris, y tras su caída en desgracia se refugia en casa de su hija Lucy, en la Sudáfrica profunda, donde no rigen las mismas normas de la vida académica. Si en ambas esferas sigue latente un espíritu hobbesiano de persecución del prójimo, en la zona donde ahora se instala el nivel de explicitud es mucho mayor, llegando a alcanzar cotas insoportables de barbarie. Pasamos así, sin apeaderos intermedios, del hipócrita buenismo al malismo categórico: ambos mortíferos.

Un año después llegó La mancha humana de Philip Roth, el genio de Newark al que el Nobel se le queda corto. De nuevo aparece el puritanismo académico, teóricamente progresista, al que Roth despanzurra con enorme habilidad. En el contexto del histérico impeachment que padeció Bill Clinton por el caso Lewinsky, el catedrático Coleman Silk, ex-decano judío de una universidad de Nueva Inglaterra, es absurdamente acusado de racismo por algunos de sus alumnos. Esta auténtica caza de brujas lo obliga a prejubilarse y a ser perseguido por una joven colega bastante retorcida, maestra de la moderna neolengua inquisitorial. Si más adelante surge un elemento clave para entender el nulo racismo de Silk, en el proceso de autoanálisis que lleva a cabo para defender su honorabilidad intima con una arisca mujer, divorciada y analfabeta, y se relaciona con Nathan Zuckerman, alter ego de Roth, famoso novelista que es el espectador y penetrante narrador de esta historia premonitoria.

lunes, 3 de julio de 2017

DECÁLOGO DEL BUEN CIUDADANO


 (disección publicada en El Mundo-El Día de Baleares)

Vivimos tiempos de gran confusión y falta de confianza. La decencia moral se está poniendo muy cuesta arriba y no todos los llamados son los elegidos. Pero no pasen pena, porque me acaba de llegar una infalible receta para el éxito gracias a la cual podrán salir a la calle con la cabeza muy alta.

1. Debe ser usted vegetariano, abstemio y animalista. Vale que un tal Adolf Hitler cumplía con todos estos requisitos, pero es que los caminos de la pureza son inescrutables.
2. Hable mucho de paraísos fiscales, antros de perversidad. Nunca de los infiernos fiscales.
3. Recuerde lo muy ultras que son los ultraliberales, pero olvídese de los ultrasocialistas.
4. En cuatro décadas se ha doblado la población balear, y a saber si lo del célebre colapso nos viene en parte por un exceso de residentes. Pero no patinemos por ahí, no sea que alguno critique la inmigración, tabú donde los haya. No se agobie, hay solución a la querencia de culpar al de fuera sin caer en el anatema: linchemos a los turistas. Mejor no analice racionalmente determinadas pegas del turismo y láncese en tromba a la tan gratificante satanización de esa masa de extraños, que además están forrados. Culpémoslos de todos los males, incluidos sus quintacolumnistas autóctonos, los hoteleros. Grite, gesticule, escupa si es preciso.
5. Manuel Aguilera hablaba la semana pasada de los bombardeos republicanos de Palma en la Guerra Civil: 150 muertos. Pero Manuel es un depravado y queda automáticamente excluido del Valhalla de la dignidad. Así que olvídese de este desagradable tema.
6. Abónese a lo simbólico (semáforos trans, Trump persona non grata en Palma), muy adecuado para la trinchera contra los infieles, pero no consienta medidas prácticas (los millones de Amancio Ortega contra el cáncer), pues la cháchara ineficaz siempre es más apta para el purificador combate final.
7. Manifiéstese incondicionalmente a favor del aborto, y aproveche esa misma vehemencia para despotricar contra la gestación subrogada. Da igual si es contradictorio, nadie es perfecto.
8. No celebre los 20 años de la liberación de Ortega Lara, un amargado sin carisma. Mejor abrácese con La Tigresa, una persona con un emocionante don de gentes, a su salida de la cárcel.
9. Condene cualquier porrazo de un Policía Nacional a un manifestante, pero ni caso a los tiroteados por la policía venezolana. Algo habrán hecho.
10. Apoye sin fisuras la libertad de expresión. Salvo que quiera aprovecharse de ella algún malnacido que confía en ideas equivocadas.

jueves, 29 de junio de 2017

EL GRAN HOTEL DEL BREXIT


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Hace tiempo que no pisaba el Gran Hotel. En otras épocas era un asiduo, me sumaba a cualquier iniciativa que se montara ahí. También es cierto que tras mi periplo político selecciono mis escapadas públicas, sobre todo desde que algunos afectuosos primates, entre ellos un reciente Premi Ciutat de Palma, muy atentamente me han hecho llegar sus deseos de que mi existencia no se prolongue demasiado o, en su defecto, que no quede exenta de hematomas.
Noooo, es broma que me dé asunto salir. Lo otro no. En fin, ya saben cómo es esta isla. Le escuché recientemente a José Carlos Llop una atinada definición de nuestro modus operandi: cuando alguien habla mal de ti, enseguida te enteras, hay tortas para extender la buena nueva; pero, cuando se trata de halagos, todo se oculta como si fuera un devastador material radiactivo.
Siempre es un placer visitar este noble edificio que alberga la Fundación CaixaForum, cuya vecina es, nada menos, esa placita dedicada al palmesano Valeriano Weyler Nicolau, que tiene el copyright mundial, y ese mérito se recuerda poco entre nosotros, de los modernos campos de concentración, casi nada. En segundo lugar concentracionario quedó el británico Horatio Kitchener, y precisamente de vicisitudes british (el Brexit, cómo no) iba a hablarse el pasado lunes, por obra de un Ignacio Peyró que, para quien todavía no lo conozca, es el responsable de un logro mayúsculo: publicar Pompa y circunstancia, una brillante enciclopedia sobre la cultura inglesa rebosante de datos (más de 1000 páginas) y también de reflexiones teñidas de madurez y sensibilidad, ¡a la edad de 34 años! Si mi anglofilia está en crisis desde hace un año, confieso que esta exquisita conferencia de momento ha enfriado cualquier apremio cismático.
Sin duda, el Brexit es primohermano del Trumpazo. En ambos casos vemos como, en un mundo cada día más complejo que exige sutileza y rigor, las decisiones individuales y colectivas tienden hacia una ultrasimplificación maniquea. ¿Cómo ha podido suceder que, en el país que ha cuidado los procedimientos, las formas, el fair play, se haya desencadenado un proceso tan sometido al catenaccio donde han dominado las fake news y una emotividad cruda? Pues ha sucedido, y lo único positivo que de momento podemos extraer es que ha servido de aviso para el resto: desde entonces, el populismo está siendo reducido elección tras elección (Austria, Holanda, Francia).
Dado que ya ni en la mítica Albión podemos encontrar refugio, al menos permanece esa posibilidad en las infinitas páginas, cual libro de arena borgiano, de este monumento de Peyró a la decencia y la elegancia. Aunque hable de algo ya acabado, esta obra siempre tendrá presente y futuro.

lunes, 26 de junio de 2017

UN SOSPECHOSO, UN CULPABLE


(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Martes. Máxima expresión de nuestra idiosincrasia: juzgar un hecho no por lo sucedido en sí, sino por la identidad de sus protagonistas. Parts i quarts. Si son de los nuestros, palio; si no, horca. Basta ver la bipolaridad de la competencia en el caso de la testigo protegida (santificada o demonizada, depende del periódico) que acusa a Gijón y Rodríguez. Para que luego nos quejemos de los misántropos: al menos ellos, al no tener empatía por nadie, juzgan de forma más equilibrada.
Miércoles. Prosigue sin freno la estupefaciente unanimidad en el error de los medios, que prolongan la falacia del CGPJ de considerar que toda denuncia de violencia doméstica implica una culpabilidad segura... a pesar de que las condenas sobre el total de denuncias no alcance ni el 25 %. Este dato crucial nunca lo exhibe el CGPJ, que sólo publicita el porcentaje de condenas a partir de los casos que van a juicio, obviando que hay mayoría de sobreseimientos. Ya es tradición consolidada invertir la carga de la prueba y negar la presunción de inocencia, así que a este ritmo, si basta con denunciar para ser víctima sin esperar a que se pronuncie el juez, podemos cerrar hoy mismo los tribunales, que son muy caros, y a cambio erigir expeditivas y baratas piras sacrificiales en todas las plazas. Un sospechoso, un culpable.
Jueves. Enésimo capítulo de la radiante democracia ‘a la balear’. Tauromaquia, arruix! Que le den por ahí a las leyes nacionales que no nos seducen. Pero, ojo, que se prepare el sufrido ciudadano tentado de llevar esa desobediencia demasiado lejos, esto es, ejerciéndola por sí mismo pasando de las decisiones del Govern. No, la libertad es demasiado preciosa como para dejarla en manos de cualquiera. Mejor cedérsela en exclusiva a quienes saben manejarla: las eminencias del Pacte. Los demás, apartad vuestras sucias manos de tan exigente prodigio. El no precisamente apolíneo baile de la conga perpetrado sobre el magullado trasero de la sociedad balear, eso es en esencia nuestra democracia.
Viernes. Seguimos viviendo peor que nunca. Pobreza, niños desnutridos. Comiendo fatal, fumando y bebiendo demasiado y blablabla. ¡Pero la esperanza de vida sube otra vez! 83’2 años en España, sólo superados por Japón y Singapur. Jeremiadas infalibles...
Sábado. Qué maravilla ser mallorquín. Maestros de la autocrítica, la limpieza y el civismo, nos pasamos el día impartiendo cátedra, sobre todo a la plaga terroristurista. En el apogeo de nuestra egregia soberanía, y tras enmerdar todas las playas de Mallorca, cada 24 de junio tenemos una cita para arrasar Ciutadella al estilo Alepo. Y mucho cuidado con protestar, menorquines, que os enviamos a septiembre para recuperar materia en Democracia Balear.
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