lunes, 26 de junio de 2017

UN SOSPECHOSO, UN CULPABLE


(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Martes. Máxima expresión de nuestra idiosincrasia: juzgar un hecho no por lo sucedido en sí, sino por la identidad de sus protagonistas. Parts i quarts. Si son de los nuestros, palio; si no, horca. Basta ver la bipolaridad de la competencia en el caso de la testigo protegida (santificada o demonizada, depende del periódico) que acusa a Gijón y Rodríguez. Para que luego nos quejemos de los misántropos: al menos ellos, al no tener empatía por nadie, juzgan de forma más equilibrada.
Miércoles. Prosigue sin freno la estupefaciente unanimidad en el error de los medios, que prolongan la falacia del CGPJ de considerar que toda denuncia de violencia doméstica implica una culpabilidad segura... a pesar de que las condenas sobre el total de denuncias no alcance ni el 25 %. Este dato crucial nunca lo exhibe el CGPJ, que sólo publicita el porcentaje de condenas a partir de los casos que van a juicio, obviando que hay mayoría de sobreseimientos. Ya es tradición consolidada invertir la carga de la prueba y negar la presunción de inocencia, así que a este ritmo, si basta con denunciar para ser víctima sin esperar a que se pronuncie el juez, podemos cerrar hoy mismo los tribunales, que son muy caros, y a cambio erigir expeditivas y baratas piras sacrificiales en todas las plazas. Un sospechoso, un culpable.
Jueves. Enésimo capítulo de la radiante democracia ‘a la balear’. Tauromaquia, arruix! Que le den por ahí a las leyes nacionales que no nos seducen. Pero, ojo, que se prepare el sufrido ciudadano tentado de llevar esa desobediencia demasiado lejos, esto es, ejerciéndola por sí mismo pasando de las decisiones del Govern. No, la libertad es demasiado preciosa como para dejarla en manos de cualquiera. Mejor cedérsela en exclusiva a quienes saben manejarla: las eminencias del Pacte. Los demás, apartad vuestras sucias manos de tan exigente prodigio. El no precisamente apolíneo baile de la conga perpetrado sobre el magullado trasero de la sociedad balear, eso es en esencia nuestra democracia.
Viernes. Seguimos viviendo peor que nunca. Pobreza, niños desnutridos. Comiendo fatal, fumando y bebiendo demasiado y blablabla. ¡Pero la esperanza de vida sube otra vez! 83’2 años en España, sólo superados por Japón y Singapur. Jeremiadas infalibles...
Sábado. Qué maravilla ser mallorquín. Maestros de la autocrítica, la limpieza y el civismo, nos pasamos el día impartiendo cátedra, sobre todo a la plaga terroristurista. En el apogeo de nuestra egregia soberanía, y tras enmerdar todas las playas de Mallorca, cada 24 de junio tenemos una cita para arrasar Ciutadella al estilo Alepo. Y mucho cuidado con protestar, menorquines, que os enviamos a septiembre para recuperar materia en Democracia Balear.

lunes, 19 de junio de 2017

LOS VERDADEROS MAESTROS


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

El hombre es un ser mimético, y sin maestros no somos nadie. En una época en que se idolatra una visión muy ingenua de autenticidad, parece como si reconocer deudas o influjos fuera un drama. Es la retorcida ansiedad de la infuencia, como escribió Harold Bloom, que nos conduce a una corrosiva esquizofrenia tanto individual como social. Si René Girard fue mi maestro de lejanías, aunque lo conocí en un congreso cerca de Coblenza hace 12 años, Juan Luis Vermal ha sido mi referente de cercanías, el hombre que me enseñó a leer filosofía, a no contentarme con significados apresurados y estériles. Con él, comencé a combatir mi enervante impaciencia, dejando hablar a los textos y permitiendo que estos te interpelen, sin forzarlos a decir lo que deseas.
Nacido en Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, Vermal vive en nuestras islas desde hace décadas. Jugó a rugby de joven, y recuerdo alguna ocasión en que conseguí arrastrarlo al Hogan’s para ver un Irlanda-Nueva Zelanda y tomar unas Paulaner (post scriptum: error, se trataba de Franziskaner). Joan Miquel Oliver, de Antònia Font y también salido del Departamento de Filosofía de la UIB, lo tenía muy claro. En una entrevista en La Vanguardia, cuando estaba en la cresta de la ola, afirmó que tenía dos grandes ídolos: Mick Jagger… ¡y Vermal! Tuvo que explicar al desconcertado reportero el impacto que le generó bregarse con este inolvidable profesor en las aulas del edificio Ramón Llull. De esa tensión intelectual agotadora pero pletórica extraje el símil del combate de boxeo ante un Rocky Marciano al que nunca podrás vencer. Es más, en estos trances entiendes que no se trata de ganar o perder, de configurar identidades, sino de forcejear contra uno mismo. Así salió el cariñoso mote de El Tigre de la Pampa. Como me recordó su hijo Lucas, autor del estimable documental Ich Bin Enric Marco (2009), no hay tigres en la Pampa. Precisamente. Y tampoco quedan maestros como Vermal.
Tras la carrera y el doctorado, no podía distanciarme de su sabiduría. Entonces nació un seminario metafísico que ha durado más de una década y en el que un grupo entrañable y valioso hemos estudiado a lo más selecto del mundillo filosófico: por supuesto Heidegger y Nietzsche, y también Derrida, Blanchot, Kant o Hegel. Siempre nos reuníamos en salas de la UIB que contaban con una mesa principal rectangular con las esquinas curvas, de ahí que lo acabáramos llamado vermalódromo. En ningún lugar he sido más feliz.
Recientemente jubilado, mi maestro no está en su mejor momento, pero sabe que puede contar con sus agradecidos discípulos, y no sólo hablo por mí, para lo que haga falta. Semper fidelis, como dice el lema de los Marines.

lunes, 12 de junio de 2017

EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Estoy en crisis. Mis convicciones se desmoronan. Quiero ser un buen ciudadano y estoy dispuesto a aprender, con humildad y respeto infinito por los que son mucho más dignos que yo. Por eso, cada día estoy más embelesado con este concepto nuevo de democracia ‘a la balear’ que tiene loco al mundo de la politología. No soy politólogo, pero estudié asignaturas del ramo en la universidad y no me suena que esta nueva idea pueda encuadrarse en ninguna teoría conocida. Baleares, siempre a la vanguardia, faro de Occidente. En cualquier caso, agradezcamos poder disfrutar en vivo y en directo de este hallazgo, tras años de desgobiernos de la derecha y dos Pactes estériles que aún no avistaban esta Tierra Prometida.
En momentos de confusión, es recomendable abrazar una doctrina clara, firme, consistente. El problema es que este innovador espíritu legal es más desconcertante y complejo que la metafísica de Heidegger. Pero bueno, poco a poco le va uno pillando el tranquillo. Ya comentamos hace unas semanas lo de incumplir la normativa española y europea, pero eso no supone dificultad alguna. Se dan casos más escurridizos en los que este nuevo saber se manifiesta con especial brillantez. “No existía un problema”, han asegurado sus discípulos a cuenta de los exámenes de selectividad en catalán, hasta que se incluyó al siempre crispador castellano en los enunciados. Tampoco existía un problema social en Sa Feixina, pero en este caso no es un problema que no fuera un problema. Parece un lío, pero es una epifanía moral.
Derribar el monolito es a día de hoy el mejor exponente de lo que se entiende por democracia balear: algo transformista, variable, casi cuántico, pero a la vez esencialista. Una piedra de toque para saber de qué material superdemocrático o megafascista (sólo caben estas dos opciones) está hecho uno. Recordemos que dicha destrucción no estaba incluida en los programas de los tres partidos del Pacte; en el de Més se decía “retirarem la simbologia franquista”, algo general que no concreta este caso cuya recontextualización de 2010 el grupo municipal pesemero apoyó. Lo invocaron post-electoralmente en los acuerdos de gobierno, y algunos resentidos creen que como munición antagonista para cavar una trinchera simbólica. Si se trata de una trinchera, hay que reconocer que se ha trazado con mucha elegancia y propiedad, porque en el lado de la defensa del monolito se alinean neofranquistas tan notorios como los técnicos de Patrimonio, ARCA, Àngels Fermoselle, Miquel Àngel Lladó, Ramón Aguiló y, según una encuesta del IBES, ¡nada menos que el 85 % de los ciudadanos de Palma! Lo extraño es que, por lógica, gran parte de ese 85 % debió votar al Pacte...

lunes, 5 de junio de 2017

ANTIDOPING EN LAS CARIÁTIDES


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

A riesgo de ser pesado, reincidiré en mi calificativo de Club de la Comedia para referirme al Parlament, cada vez menos apreciado por la ciudadanía a cuenta de sus inquilinos. Pero la responsabilidad de mi reiteración es exclusivamente suya, pues no hay semana en que no se produzcan astracanadas. Para vergüenza de los mortificados contribuyentes, porque de los políticos es evidente que no: acaban de aumentarse un 33 % las dietas, y es que el talento hay que pagarlo.
En mi anterior vida como político tuve que asistir un mes entero (octubre 2014) a las sesiones del Parlament. Todavía no me he recuperado. Ni en la consulta del dentista lo he pasado peor. Sopor, cabreo, fist-fucking mental y sobre todo cantidades industriales de vergüenza ajena. Menos mal del auxilio del móvil, que me permitía drenar la congoja comentando con sarcasmo en Twitter el semanal naufragio. Al menos me consolaba pensando que a peor no se podía ir, pero ni con los años dejo de ser un ingenuo ante un panorama tan orgullosamente asilvestrado.
Hay que reconocer que la “nueva política” podemita ha introducido novedades. Podem nació para dejar huella. El problema es, ¡vaya casting el suyo!, que esa huella no siempre está siendo precisamente memorable. Ahí queda ese “bulto sospechoso” (Butanito dixit), Salvador Aguilera, que ha protagonizado desde el estrado una de las intervenciones más alienígenas que se recuerdan. Y ya saben que en este ambiente el listón está muy alto. Pero peor aún fue su reacción, encantado de la gesta. ¿En qué localidad ibicenca reside Aguilera? ¿En Pachá o en el Space?
Y del ridículo a lo escabroso. Imaginen a los seguratas del Parlament detectando ruidos una madrugada en la tercera planta. Seguro que alguno sospechó de que Airbnb había alquilado las estancias políticas para docenas de guiris recién aterrizados. O que se hubiera colado alguna familia de okupas. Pero no, el rastro sonoro no condujo hacia otro ser que la diputada Seijas. Por muchas explicaciones que haya dado, todo suena a extravagancia pura. Lo estoy viendo: nuestra imprescindible Montse paseando nocturnamente por los pasillos vacíos, cual Jack Torrance en el hotel Overlook de El resplandor, enfrascada en las oníricas fiestas del antiguo Círculo Mallorquín en el salón de baile, el actual hemiciclo, con Ricard Anckerman dándole las buenas noches y ofreciéndole un bourbon con mucho hielo...
Los partidos del Pacte, en su línea de democracia “a la balear”, han prescrito pruebas antidopaje para los toreros. Visto el panorama, ¿no sería más necesario y efectivo instaurar, hoy mismo, controles de todo tipo de sustancias en las puertas del Parlament para que las melopeas de sus ilustres señorías no emponzoñen más la sufrida sala de las Cariátides?

sábado, 3 de junio de 2017

MIRADAS TUERTAS


 










   


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

La gran matriarca de los Horrach fue mi abuela Jacoba (madò Jaumeta), que irradiaba una autoridad temible en la familia. Le gustaba leer a Dickens y tomarse un brandy Terry cuando flaqueaban las fuerzas. Al final de su vida, destruida por el alzheimer, en ocasiones relajaba su habitual fiereza para abrazar una especie de trance en el que enunciaba unas sentencias lapidarias que nos dejaban estupefactos. La que más recuerdo es “ets ulls veuen lo que ets ulls volen veure” (los ojos ven lo que los ojos quieren ver). Ya en la universidad, descubrí el poso filosófico que contenía dicha alocución. Y es que los intereses suelen determinar nuestras ideas o decisiones, sobretodo a la manera de la “mentira orgánica” de Max Scheler, es decir, sin darnos ni puñetera cuenta.
Si algo debe enseñar la filosofía es a escudriñar en esa previedad que nos dirige, esos cepos infectados que limitan nuestra libertad, tratando al menos de conocer hacia donde nos empuja pavlovianamente nuestro inconsciente o bagaje personal. Si en determinados casos es muy necesario no dejarse arrastrar por esos ojos pre-dirigidos, por esa mirada cainita que lo lleva todo a nuestro terreno, esos casos se refieren a los políticos. Su condición de servidores públicos debería obligarles a templar el hooliganismo y mimar un espacio común donde el antagonismo crudo no nos conduzca al limbo de las incoherencias.
A todas horas vemos ejemplos de ojos que sólo ven lo que desean ver. La actualidad va sobrada de esos derrames. Sin ir más lejos, nuestro laboratorio dadaísta de Cort. Las jornadas sobre el Islam impulsadas por el inefable Aligi Molina han sido especialmente llamativas, tratándose de un ayuntamiento tan entregado a un laicismo beligerante y efectista cuando se trata del cristianismo. Pero el efectismo se reduce a su innata vacuidad, porque es del todo incongruente que luego se trate a la religión musulmana con una vara de medir tan opuesta.
Cuando uno anda tan obsesionado con sus enemigos acostumbra a cometer estos contrasentidos. La furia tiende a cortocircuitar las ideas de manera que se puede acabar apoyando lo contrario de lo que se profesa. Por eso feministas como Molina no quieren ver lo que predica y ejerce esta religión contra las mujeres. Para los demás, todo es micromachismo; para el Islam, barra libre. Pero, claro, al parecer no se trata tanto de defender a las mujeres como de atacar al heteropatriarcado (o como se llame) occidental.
Que la patología es transversal lo comprobamos al ver a tanto ultraliberal español apoyando, algunos de forma desaforada, a encabritados proteccionistas como Trump, Le Pen o Putin. Pero el sello de ‘enemigo de la izquierda’ pesa más que los supuestamente innegociables principios liberales.

lunes, 29 de mayo de 2017

EL SERMÓN DE LA FERIA DEL LIBRO


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Hay días en que misteriosamente la dicha es completa. Todo encaja y se deshacen las dudas alrededor de evidencias indiscutibles: el Sáhara se queda sin arena; ya no hay posidonia; el porco turismo son las SS con chanclas; el Pacte III funciona a las mil maravillas; los contratos al gurú Garau son peccata minuta; el eficaz Consorcio de la Playa de Palma nos ha salido barato; gracias a la marcha verde, nuestra educación no puede ser de mayor calidad; Sánchez es muy coherente.
Y entre tanto prodigio llega el súmmum, el pasado viernes, la clave de bóveda de tan magnificente y revolucionaria clarividencia: el sermón de la Feria del Libro. Aunque es una lástima que a la concejala Jardhi se le haya traspapelado su fatua contra las infames terrazas, el pregón del insigne Carles Rebassa nos hizo vibrar a todos. Es verdad que cayó en lo cipotudo, incluso en su look, pero su hondura fue abisal. Y qué felicidad oír la cita no de escritores trasnochados como Proust o Kafka, sino del eminente y ben nostro Gabriel Bibiloni.
Pero no estamos ante un pregón. Es una crida. Ya está bien de castellanismos. ¿Si ven una cucaracha en la cocina, no la fumigan sin contemplaciones? Es cierto que el meollo de esta crida fue a veces difícil de seguir, pero hay que exigir al oyente ese esfuerzo indispensable que requiere toda obra magna. Y es que Rebassa aportó ecos del gran Parménides (“el ser es, y el no ser no es”), ese humorista griego que se hacía pasar por filósofo: “La cultura es ser nosotros tal y como somos”. ¿El ser-uno, inmóvil, primer motor inmaculado que siempre es desde el inicio de los tiempos? Entiendo.
Prosigamos con más verdades parmenídeas, a veces aderezadas con ramificaciones rajoyescas: “El mundo es de todo el mundo”. Alguien tenía que decirlo. O la maldad del “poder en general”, simbolizado por sillas y corbatas que adoptan en ocasiones un siniestro tono anaranjado, que se articula sobre tres cabezas: la colonización (no la de Jaume I, las otras), los cuchillos y el pecado mercantilista que nos obliga a “una vida sujeta a oferta y demanda que está cargada de exigencia e incertidumbre” (Escohotado).
Lo más complicado de entender fue cuando, al censurar el “fantasma de la homogeneidad”, se acabó santificando lo autóctono, tan habitualmente unificador. Debe ser que alguna partícula de autoodi se aferra aún a mis neuronas, pero escuchando en bucle el pregón, digo crida, de Rebassa seguro que se despacha toda interferencia. Al final quedó certificada esta paradoja visionaria: “Soy un catalán de Palma”. Yo un austrohúngaro de La Soledad, para servirles a ustedes y al emperador Francisco José.

sábado, 27 de mayo de 2017

HAZAÑAS PÍRRICAS


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Aunque en la fase final del proceso ya se intuía una posible victoria de Pedro Sánchez, hay que reconocer la quimera que supone el regreso de este hombre, tan resistente como transformista, a la dirección de un partido póstumo llamado PSOE. Por tanto, su resurrección debe ser considerada como una hazaña. Sin olvidar, claro está, que Sánchez no es un recién llegado a la política, y por tanto las dos catástrofes electorales que protagonizó difícilmente pueden redimirse por haber vencido a Susana Díaz, momificado adalid del “peronismo rociero”. En cualquier caso, veremos qué dicen las próximas generales.
Sin embargo, la euforia que algunos están experimentando, como si liderar unas primarias fuera la finalidad misma de la política, evidencia lo revuelto y precipitado que anda el ambiente político. Los psocialistas han perdido tanto la costumbre de ganar elecciones que entiendo perfectamente esta pasión sobrevenida que experimentan ahora por las primarias: sin ellas, sus candidatos apenas sabrían lo que significa ser primero en una votación. Fíjense por ejemplo en Armengol, derrotada holgadamente en todas y cada una de las elecciones a las que se ha presentado en su vida, incluido en 2015 el peor resultado del PSIB en 32 años. ¿Qué habría sido de su autoestima si no fuera por la victoria en primarias contra Aina Calvo, eh? Además con todo esto volvemos a saber, por si alguien todavía albergaba dudas, que de largo el PSOE es más plural que el aparato de hierro del PSIB.
En este ambiente adanista que nos caracteriza en que el bagaje aportado por el pasado, incluso el más reciente, es convenientemente aparcado no sea que arruine nuestras ensoñaciones, los enfoques opuestos de militancia y electorado cobran una decisiva importancia. Lo hemos visto en Reino Unido con Corbyn y en Francia con un Hamon que venía de liquidar al oficialista Valls con mayor apoyo aún que la victoria de Sánchez el domingo: lo que chifla al militante no entusiasma al votante. ¿Es mucho pedir que se considere el ‘modelo Downs’, según el cual tiene más fácil llevarse la victoria electoral aquel partido que ocupe una mayor porción del centro político?
Pues no, los militantes llevan al extremo una forma identitaria de vivir la política, como si la cuestión no fuera intentar gobernar sino reafirmar el ser propio, afianzar la dicha de la pertenencia. Ahí se quedaron el zombi Corbyn y el desollado Hamon, que ha cosechado el peor resultado del poderoso socialismo francés ¡en 50 años! Es cierto que en España Podemos está en declive y no sustraerá mucho voto socialista como sí consiguiera Mélenchon, pero no parece que dejar vacío todo el territorio socialdemócrata (con C’s reconfigurado como liberal y P’s en la punta izquierda) sea una decisión demasiado inteligente.

lunes, 22 de mayo de 2017

EL ELIXIR DEL DESPLOME


(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Entre tanto nivel, cuesta destacar un artículo de mi compañero Aguiló Obrador en estas páginas, pero el del pasado miércoles dejó más huella de lo habitual. Seguro que no lo han olvidado: un profesor insólitamente alegre, despreocupado, carismático, al que la inesperada muerte de su hija de 9 años conduce a un cruel desmoronamiento. Divorciado, en paro, destruido, ejerce de mimo por la calle ante los ojos de un estupefacto Ramón.
Hace un tiempo trabajé en la fundación La Sapiencia, bregando con alcohólicos y gente sin techo. Ahí historias como la del maestro Frank no eran la excepción. En muchos casos el desastre ya venía de fábrica, porque el individuo de turno había sobrevivido de aquella manera a familias que germinaban en lo desestructurado o incluso más allá. Pero los casos más impactantes, y no había pocos, eran los de aquellos que disfrutaron de un pasado bastante potable, en algunos casos incluso feliz, pero a los que un problema concreto (un divorcio por lo general, la muerte de una persona cercana otras veces ) los sepultaba en vida, transfigurándolos en zombis. Recuerdo a uno, antiguo ingeniero, que estaba muy interesado en que calibrara la exacta medida de su pérdida, enseñándome los papeles que demostraban que se había casado a todo trapo en la Seu.
De esos años me quedé con algo que en este mismo periódico he llamado ‘terapia Lucrecio’, referido a La naturaleza de las cosas del autor latino. Es decir, cuando contemplar la desgracia de alguien atenúa las penas propias. No se trata de disfrutar del dolor ajeno como si uno fuera un psicópata, no es eso. Simplemente consiste, incluso redoblando la empatía, en contrastar el caso propio, y les aseguro que cuando estuve trabajando en La Sapiencia conocer las penalidades de los internos era mano de santo para el malestar. Como diría Alvy Singer, lo miserable (y todos somos miserables) se ve incluso con alivio cuando piensas en lo horrible.
Como la riqueza de casos de las familias infelices, como escribió Tolstoi en Guerra y paz (por contra, todas las felices serían anodinamente iguales), las caídas fascinan, aturden, embriagan. Y sobre todo remueven si se produce desde una gran altura, de ahí el regocijo habitual cuando un vip exitoso se despeña súbitamente. Nunca sabe uno cuando puede triturarte el destino, esa retribución satánica de la hybris, y suele acontecer el desastre cuando menos lo esperas. En una época, yo siempre miraba hacia arriba cuando caminaba por la calle, no fuera a ser que un tiesto cayera desde un balcón sobre mi cabeza. Pero tampoco podemos pasarnos la vida temiendo una catástrofe, cada cinco minutos, so pena de agudo ataque de paranoia o brote psicótico.

lunes, 15 de mayo de 2017

DEMOCRACIA A LA BALEAR


(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Los controladores aéreos siguen con ganas de hacer amigos. Después de secuestrar el tráfico del aire en el puente de diciembre en 2010, ahora amenazan veladamente con cometer algún error fastidioso si su impresionable salud es alterada por la “interferencia” del juicio que se les viene encima. Christopher Lasch profetizó la rebelión de las élites, aunque más bien podríamos hablar de gremios que, en base a su condición estructural, tienden a chantajear al país.
En la crisis bancaria también padecimos esta estrategia: si caemos, vosotros vendréis detrás. De ahí que, merced a este incentivo perverso, muchos bancos hayan jugado en el mercado de forma temeraria, sabiendo que difícilmente iban a pagar las consecuencias. Sa Nostra, sin ir más lejos. Luego está el caso de los estibadores, otra cofradía de entrada restringida que juega con las claves de la coacción sistémica para apuntalar sus prebendas.
Pero, si esto cabrea, siempre nos quedan salidas cómicas que evacúen en alguna medida la mala leche. Entonces acude puntual para regocijarnos, con su fecundo y poliédrico humor, el séptimo de caballería del inefable Cariatides Comedy Club, que algunos incomprensiblemente se empeñan en llamar Parlament balear. Su ocurrencia de los toros. ¿No parece más apropiado, viendo el nivel estupefaciente de las intervenciones y propuestas habituales, que el antidoping se les aplique a sus ínclitas señorías a la entrada de cada pleno o comisión? Malraux decía que el siglo XXI sería espiritual, pero creo que más bien se ha decantado por el dadaísmo, explorando todas las formas posibles del delirio.
Con su estrafalario intento de prohibir los toros reincide el Pacte de la Conga en su rol de fábrica industrial de filotaurinos. Como se vio en la corrida de Ponce y Talavante en Palma del pasado verano, están resucitando con sus modales despóticos a una afición que de tan aletargada parecía una momia. Tras las “carreteras a la mallorquina” de la reclusa Munar pasamos ahora a los “toros a la balear”. Siempre innovando. Les da igual que se contradiga una sentencia de rango superior, la estatal del Tribunal Constitucional, que sí permite las corridas de toros en toda la amplitud de su definición.
Imagino que, siguiendo el espíritu de esta democracia a la balear que se pasa por el forro la legalidad nacional (en ocasiones incluso la europea) que no les gusta, también aplaudirán encantados cuando los ciudadanos de Baleares opten por incumplir la normativa propia del Govern, ¿no? Si se populariza la desobediencia, que el café sea para todos. Pero volvemos de nuevo a la indigencia connatural al sectario: sus postulados partidistas van contra el derecho porque no pueden universalizarse. La ley del embudo que sólo aplica lo que le conviene.

lunes, 8 de mayo de 2017

EL GRAN PSOECIDIO YA ESTÁ AQUÍ


  (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

¿Para qué queremos series televisivas si tenemos al PSOE? Cada día más adictiva, la historia de su autodestrucción enfila la última etapa, una guerra civil en toda regla cuya resolución ya no podrá ser una síntesis equilibrada. En todos los frentes, también el balear. 
Reconozco que tengo una relación un poco especial con este partido. Por discurso, una especie de socialdemocracia estatal, podría haberlo votado en numerosas ocasiones, pero el caso es que hasta ahora no lo he hecho nunca. Me habría encantado apoyar a líderes solventes y dignos, como Ramón Aguiló en Palma y Félix Pons en el Parlament, pero en los 80 yo era todavía un pipiolo. Cuando tuve edad de votar, en las generales de 1996, me topé con un PSOE envuelto en una corrupción epidémica, por no hablar de los crímenes de Estado de los GAL, detallito que durante años sólo criticaban unos pocos estigmatizados, ¡fachas cabrones!, pero que en 2016 recuperó del vergonzoso silencio Pablo Iglesias. A los lamentables sucesores de Aguiló y Pons ni hace falta nombrarlos. De hecho, se pasó del mejor resultado del PSIB, el obtenido por Pons en 1983, con un empate técnico ante la Alianza Popular de Cañellas, al de Armengol en 2015, el peor dato de la historia del partido.
Algunos interesados, que fabulan con una salvación en el extremo siniestro y no cerca del centro (véase Francia y Reino Unido), aducen que el declive se debe a la irrupción de Podemos, pero el problema es anterior y se vincula a la misma dinámica moribunda del PSC: los psocialistas han ido abrazando progresivamente un catalanismo que el votante aprecia más en la marca original. Así, no han ganado por esa vía y además han perdido voto histórico. Se han quedado sin discurso y siguen sin entender el problema, de ahí lo poco halagüeño de su futuro.
En el caso concreto del PSIB, la clave estuvo en el congreso de inicios de los 90. Ahí se acuñó una doctrina más catalanista, a la vez que el partido era sistemáticamente asaltado por miembros del PSM que, haciéndose con el timón de mando al estilo de El hombre que fue jueves de Chesterton, acabaron vampirizando a los psocialistas. La lista de huidos hacia el poder de la rosa es amplia y reveladora: Antich, el padre de Armengol, Francesc Obrador, Joana Barceló, Celestí Alomar, Damià Ferrà-Ponç, etc. La jugada salió perfecta... para los intereses catalanistas, no así para el PSIB.
No me extrañaría nada que a raíz de la inevitable escisión tras el fratricidio actual, de una competencia entre dos PSOE, uno pesemero y el otro de corte más nacional tal vez con Joan Mesquida al frente, éste último obtuviera un mejor resultado en las urnas.
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