lunes, 26 de junio de 2017

UN SOSPECHOSO, UN CULPABLE


(disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Martes. Máxima expresión de nuestra idiosincrasia: juzgar un hecho no por lo sucedido en sí, sino por la identidad de sus protagonistas. Parts i quarts. Si son de los nuestros, palio; si no, horca. Basta ver la bipolaridad de la competencia en el caso de la testigo protegida (santificada o demonizada, depende del periódico) que acusa a Gijón y Rodríguez. Para que luego nos quejemos de los misántropos: al menos ellos, al no tener empatía por nadie, juzgan de forma más equilibrada.
Miércoles. Prosigue sin freno la estupefaciente unanimidad en el error de los medios, que prolongan la falacia del CGPJ de considerar que toda denuncia de violencia doméstica implica una culpabilidad segura... a pesar de que las condenas sobre el total de denuncias no alcance ni el 25 %. Este dato crucial nunca lo exhibe el CGPJ, que sólo publicita el porcentaje de condenas a partir de los casos que van a juicio, obviando que hay mayoría de sobreseimientos. Ya es tradición consolidada invertir la carga de la prueba y negar la presunción de inocencia, así que a este ritmo, si basta con denunciar para ser víctima sin esperar a que se pronuncie el juez, podemos cerrar hoy mismo los tribunales, que son muy caros, y a cambio erigir expeditivas y baratas piras sacrificiales en todas las plazas. Un sospechoso, un culpable.
Jueves. Enésimo capítulo de la radiante democracia ‘a la balear’. Tauromaquia, arruix! Que le den por ahí a las leyes nacionales que no nos seducen. Pero, ojo, que se prepare el sufrido ciudadano tentado de llevar esa desobediencia demasiado lejos, esto es, ejerciéndola por sí mismo pasando de las decisiones del Govern. No, la libertad es demasiado preciosa como para dejarla en manos de cualquiera. Mejor cedérsela en exclusiva a quienes saben manejarla: las eminencias del Pacte. Los demás, apartad vuestras sucias manos de tan exigente prodigio. El no precisamente apolíneo baile de la conga perpetrado sobre el magullado trasero de la sociedad balear, eso es en esencia nuestra democracia.
Viernes. Seguimos viviendo peor que nunca. Pobreza, niños desnutridos. Comiendo fatal, fumando y bebiendo demasiado y blablabla. ¡Pero la esperanza de vida sube otra vez! 83’2 años en España, sólo superados por Japón y Singapur. Jeremiadas infalibles...
Sábado. Qué maravilla ser mallorquín. Maestros de la autocrítica, la limpieza y el civismo, nos pasamos el día impartiendo cátedra, sobre todo a la plaga terroristurista. En el apogeo de nuestra egregia soberanía, y tras enmerdar todas las playas de Mallorca, cada 24 de junio tenemos una cita para arrasar Ciutadella al estilo Alepo. Y mucho cuidado con protestar, menorquines, que os enviamos a septiembre para recuperar materia en Democracia Balear.

lunes, 19 de junio de 2017

LOS VERDADEROS MAESTROS


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

El hombre es un ser mimético, y sin maestros no somos nadie. En una época en que se idolatra una visión muy ingenua de autenticidad, parece como si reconocer deudas o influjos fuera un drama. Es la retorcida ansiedad de la infuencia, como escribió Harold Bloom, que nos conduce a una corrosiva esquizofrenia tanto individual como social. Si René Girard fue mi maestro de lejanías, aunque lo conocí en un congreso cerca de Coblenza hace 12 años, Juan Luis Vermal ha sido mi referente de cercanías, el hombre que me enseñó a leer filosofía, a no contentarme con significados apresurados y estériles. Con él, comencé a combatir mi enervante impaciencia, dejando hablar a los textos y permitiendo que estos te interpelen, sin forzarlos a decir lo que deseas.
Nacido en Argentina tras la Segunda Guerra Mundial, Vermal vive en nuestras islas desde hace décadas. Jugó a rugby de joven, y recuerdo alguna ocasión en que conseguí arrastrarlo al Hogan’s para ver un Irlanda-Nueva Zelanda y tomar unas Paulaner (post scriptum: error, se trataba de Franziskaner). Joan Miquel Oliver, de Antònia Font y también salido del Departamento de Filosofía de la UIB, lo tenía muy claro. En una entrevista en La Vanguardia, cuando estaba en la cresta de la ola, afirmó que tenía dos grandes ídolos: Mick Jagger… ¡y Vermal! Tuvo que explicar al desconcertado reportero el impacto que le generó bregarse con este inolvidable profesor en las aulas del edificio Ramón Llull. De esa tensión intelectual agotadora pero pletórica extraje el símil del combate de boxeo ante un Rocky Marciano al que nunca podrás vencer. Es más, en estos trances entiendes que no se trata de ganar o perder, de configurar identidades, sino de forcejear contra uno mismo. Así salió el cariñoso mote de El Tigre de la Pampa. Como me recordó su hijo Lucas, autor del estimable documental Ich Bin Enric Marco (2009), no hay tigres en la Pampa. Precisamente. Y tampoco quedan maestros como Vermal.
Tras la carrera y el doctorado, no podía distanciarme de su sabiduría. Entonces nació un seminario metafísico que ha durado más de una década y en el que un grupo entrañable y valioso hemos estudiado a lo más selecto del mundillo filosófico: por supuesto Heidegger y Nietzsche, y también Derrida, Blanchot, Kant o Hegel. Siempre nos reuníamos en salas de la UIB que contaban con una mesa principal rectangular con las esquinas curvas, de ahí que lo acabáramos llamado vermalódromo. En ningún lugar he sido más feliz.
Recientemente jubilado, mi maestro no está en su mejor momento, pero sabe que puede contar con sus agradecidos discípulos, y no sólo hablo por mí, para lo que haga falta. Semper fidelis, como dice el lema de los Marines.

lunes, 12 de junio de 2017

EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Estoy en crisis. Mis convicciones se desmoronan. Quiero ser un buen ciudadano y estoy dispuesto a aprender, con humildad y respeto infinito por los que son mucho más dignos que yo. Por eso, cada día estoy más embelesado con este concepto nuevo de democracia ‘a la balear’ que tiene loco al mundo de la politología. No soy politólogo, pero estudié asignaturas del ramo en la universidad y no me suena que esta nueva idea pueda encuadrarse en ninguna teoría conocida. Baleares, siempre a la vanguardia, faro de Occidente. En cualquier caso, agradezcamos poder disfrutar en vivo y en directo de este hallazgo, tras años de desgobiernos de la derecha y dos Pactes estériles que aún no avistaban esta Tierra Prometida.
En momentos de confusión, es recomendable abrazar una doctrina clara, firme, consistente. El problema es que este innovador espíritu legal es más desconcertante y complejo que la metafísica de Heidegger. Pero bueno, poco a poco le va uno pillando el tranquillo. Ya comentamos hace unas semanas lo de incumplir la normativa española y europea, pero eso no supone dificultad alguna. Se dan casos más escurridizos en los que este nuevo saber se manifiesta con especial brillantez. “No existía un problema”, han asegurado sus discípulos a cuenta de los exámenes de selectividad en catalán, hasta que se incluyó al siempre crispador castellano en los enunciados. Tampoco existía un problema social en Sa Feixina, pero en este caso no es un problema que no fuera un problema. Parece un lío, pero es una epifanía moral.
Derribar el monolito es a día de hoy el mejor exponente de lo que se entiende por democracia balear: algo transformista, variable, casi cuántico, pero a la vez esencialista. Una piedra de toque para saber de qué material superdemocrático o megafascista (sólo caben estas dos opciones) está hecho uno. Recordemos que dicha destrucción no estaba incluida en los programas de los tres partidos del Pacte; en el de Més se decía “retirarem la simbologia franquista”, algo general que no concreta este caso cuya recontextualización de 2010 el grupo municipal pesemero apoyó. Lo invocaron post-electoralmente en los acuerdos de gobierno, y algunos resentidos creen que como munición antagonista para cavar una trinchera simbólica. Si se trata de una trinchera, hay que reconocer que se ha trazado con mucha elegancia y propiedad, porque en el lado de la defensa del monolito se alinean neofranquistas tan notorios como los técnicos de Patrimonio, ARCA, Àngels Fermoselle, Miquel Àngel Lladó, Ramón Aguiló y, según una encuesta del IBES, ¡nada menos que el 85 % de los ciudadanos de Palma! Lo extraño es que, por lógica, gran parte de ese 85 % debió votar al Pacte...

lunes, 5 de junio de 2017

ANTIDOPING EN LAS CARIÁTIDES


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

A riesgo de ser pesado, reincidiré en mi calificativo de Club de la Comedia para referirme al Parlament, cada vez menos apreciado por la ciudadanía a cuenta de sus inquilinos. Pero la responsabilidad de mi reiteración es exclusivamente suya, pues no hay semana en que no se produzcan astracanadas. Para vergüenza de los mortificados contribuyentes, porque de los políticos es evidente que no: acaban de aumentarse un 33 % las dietas, y es que el talento hay que pagarlo.
En mi anterior vida como político tuve que asistir un mes entero (octubre 2014) a las sesiones del Parlament. Todavía no me he recuperado. Ni en la consulta del dentista lo he pasado peor. Sopor, cabreo, fist-fucking mental y sobre todo cantidades industriales de vergüenza ajena. Menos mal del auxilio del móvil, que me permitía drenar la congoja comentando con sarcasmo en Twitter el semanal naufragio. Al menos me consolaba pensando que a peor no se podía ir, pero ni con los años dejo de ser un ingenuo ante un panorama tan orgullosamente asilvestrado.
Hay que reconocer que la “nueva política” podemita ha introducido novedades. Podem nació para dejar huella. El problema es, ¡vaya casting el suyo!, que esa huella no siempre está siendo precisamente memorable. Ahí queda ese “bulto sospechoso” (Butanito dixit), Salvador Aguilera, que ha protagonizado desde el estrado una de las intervenciones más alienígenas que se recuerdan. Y ya saben que en este ambiente el listón está muy alto. Pero peor aún fue su reacción, encantado de la gesta. ¿En qué localidad ibicenca reside Aguilera? ¿En Pachá o en el Space?
Y del ridículo a lo escabroso. Imaginen a los seguratas del Parlament detectando ruidos una madrugada en la tercera planta. Seguro que alguno sospechó de que Airbnb había alquilado las estancias políticas para docenas de guiris recién aterrizados. O que se hubiera colado alguna familia de okupas. Pero no, el rastro sonoro no condujo hacia otro ser que la diputada Seijas. Por muchas explicaciones que haya dado, todo suena a extravagancia pura. Lo estoy viendo: nuestra imprescindible Montse paseando nocturnamente por los pasillos vacíos, cual Jack Torrance en el hotel Overlook de El resplandor, enfrascada en las oníricas fiestas del antiguo Círculo Mallorquín en el salón de baile, el actual hemiciclo, con Ricard Anckerman dándole las buenas noches y ofreciéndole un bourbon con mucho hielo...
Los partidos del Pacte, en su línea de democracia “a la balear”, han prescrito pruebas antidopaje para los toreros. Visto el panorama, ¿no sería más necesario y efectivo instaurar, hoy mismo, controles de todo tipo de sustancias en las puertas del Parlament para que las melopeas de sus ilustres señorías no emponzoñen más la sufrida sala de las Cariátides?

sábado, 3 de junio de 2017

MIRADAS TUERTAS


 










   


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

La gran matriarca de los Horrach fue mi abuela Jacoba (madò Jaumeta), que irradiaba una autoridad temible en la familia. Le gustaba leer a Dickens y tomarse un brandy Terry cuando flaqueaban las fuerzas. Al final de su vida, destruida por el alzheimer, en ocasiones relajaba su habitual fiereza para abrazar una especie de trance en el que enunciaba unas sentencias lapidarias que nos dejaban estupefactos. La que más recuerdo es “ets ulls veuen lo que ets ulls volen veure” (los ojos ven lo que los ojos quieren ver). Ya en la universidad, descubrí el poso filosófico que contenía dicha alocución. Y es que los intereses suelen determinar nuestras ideas o decisiones, sobretodo a la manera de la “mentira orgánica” de Max Scheler, es decir, sin darnos ni puñetera cuenta.
Si algo debe enseñar la filosofía es a escudriñar en esa previedad que nos dirige, esos cepos infectados que limitan nuestra libertad, tratando al menos de conocer hacia donde nos empuja pavlovianamente nuestro inconsciente o bagaje personal. Si en determinados casos es muy necesario no dejarse arrastrar por esos ojos pre-dirigidos, por esa mirada cainita que lo lleva todo a nuestro terreno, esos casos se refieren a los políticos. Su condición de servidores públicos debería obligarles a templar el hooliganismo y mimar un espacio común donde el antagonismo crudo no nos conduzca al limbo de las incoherencias.
A todas horas vemos ejemplos de ojos que sólo ven lo que desean ver. La actualidad va sobrada de esos derrames. Sin ir más lejos, nuestro laboratorio dadaísta de Cort. Las jornadas sobre el Islam impulsadas por el inefable Aligi Molina han sido especialmente llamativas, tratándose de un ayuntamiento tan entregado a un laicismo beligerante y efectista cuando se trata del cristianismo. Pero el efectismo se reduce a su innata vacuidad, porque es del todo incongruente que luego se trate a la religión musulmana con una vara de medir tan opuesta.
Cuando uno anda tan obsesionado con sus enemigos acostumbra a cometer estos contrasentidos. La furia tiende a cortocircuitar las ideas de manera que se puede acabar apoyando lo contrario de lo que se profesa. Por eso feministas como Molina no quieren ver lo que predica y ejerce esta religión contra las mujeres. Para los demás, todo es micromachismo; para el Islam, barra libre. Pero, claro, al parecer no se trata tanto de defender a las mujeres como de atacar al heteropatriarcado (o como se llame) occidental.
Que la patología es transversal lo comprobamos al ver a tanto ultraliberal español apoyando, algunos de forma desaforada, a encabritados proteccionistas como Trump, Le Pen o Putin. Pero el sello de ‘enemigo de la izquierda’ pesa más que los supuestamente innegociables principios liberales.
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