lunes, 12 de junio de 2017

EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA


 (disección publicada hoy en El Mundo-El Día de Baleares)

Estoy en crisis. Mis convicciones se desmoronan. Quiero ser un buen ciudadano y estoy dispuesto a aprender, con humildad y respeto infinito por los que son mucho más dignos que yo. Por eso, cada día estoy más embelesado con este concepto nuevo de democracia ‘a la balear’ que tiene loco al mundo de la politología. No soy politólogo, pero estudié asignaturas del ramo en la universidad y no me suena que esta nueva idea pueda encuadrarse en ninguna teoría conocida. Baleares, siempre a la vanguardia, faro de Occidente. En cualquier caso, agradezcamos poder disfrutar en vivo y en directo de este hallazgo, tras años de desgobiernos de la derecha y dos Pactes estériles que aún no avistaban esta Tierra Prometida.
En momentos de confusión, es recomendable abrazar una doctrina clara, firme, consistente. El problema es que este innovador espíritu legal es más desconcertante y complejo que la metafísica de Heidegger. Pero bueno, poco a poco le va uno pillando el tranquillo. Ya comentamos hace unas semanas lo de incumplir la normativa española y europea, pero eso no supone dificultad alguna. Se dan casos más escurridizos en los que este nuevo saber se manifiesta con especial brillantez. “No existía un problema”, han asegurado sus discípulos a cuenta de los exámenes de selectividad en catalán, hasta que se incluyó al siempre crispador castellano en los enunciados. Tampoco existía un problema social en Sa Feixina, pero en este caso no es un problema que no fuera un problema. Parece un lío, pero es una epifanía moral.
Derribar el monolito es a día de hoy el mejor exponente de lo que se entiende por democracia balear: algo transformista, variable, casi cuántico, pero a la vez esencialista. Una piedra de toque para saber de qué material superdemocrático o megafascista (sólo caben estas dos opciones) está hecho uno. Recordemos que dicha destrucción no estaba incluida en los programas de los tres partidos del Pacte; en el de Més se decía “retirarem la simbologia franquista”, algo general que no concreta este caso cuya recontextualización de 2010 el grupo municipal pesemero apoyó. Lo invocaron post-electoralmente en los acuerdos de gobierno, y algunos resentidos creen que como munición antagonista para cavar una trinchera simbólica. Si se trata de una trinchera, hay que reconocer que se ha trazado con mucha elegancia y propiedad, porque en el lado de la defensa del monolito se alinean neofranquistas tan notorios como los técnicos de Patrimonio, ARCA, Àngels Fermoselle, Miquel Àngel Lladó, Ramón Aguiló y, según una encuesta del IBES, ¡nada menos que el 85 % de los ciudadanos de Palma! Lo extraño es que, por lógica, gran parte de ese 85 % debió votar al Pacte...

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